Hace más de 20 años, la vida de Fabián Disla dio un giro inesperado gracias a una oportunidad sencilla, pero trascendental. Su padre, pintor de oficio y también trabajador en viveros, alquiló una tierra a un señor para sembrar. Durante esos meses, Fabián trabajó a su lado, aprendiendo el oficio y descubriendo el valor de cada planta. Al cabo de ocho meses, aquel hombre se marchó y le dejó a Fabián unas cuantas plantas como “liquidación”. Lo que parecía un pago simbólico se convirtió en la semilla de un sueño: el inicio de lo que hoy es su proyecto de vida.
Con paciencia y disciplina, Fabián comenzó a cuidar las plantas y a aprender el oficio de la mano de quienes lo rodeaban. Al inicio, era un camino lleno de pruebas: algunas cosechas no daban los resultados esperados, pero la satisfacción de ver crecer plantas sanas lo motivaba a seguir. Descubrió que tenía un talento natural para este trabajo y decidió entregarse de lleno al mundo de la producción de plantas ornamentales y frutales.
Con el tiempo, su vivero se fue consolidando. Hoy vende principalmente al por mayor, distribuyendo especies como coralillo del cual llega a tener más de 8,000 plantas y fonquiantil, que entrega en camiones a sus clientes. Además, amplió sus servicios, ofreciendo venta, siembra y producción de plantas para reforestación, lo que le ha permitido diversificar su negocio y tener un impacto positivo en el medioambiente. Actualmente cuenta con un empleado fijo y contrata personal adicional según las cosechas o trabajos que se presenten.
Su ubicación, justo en la pista, ha sido también una gran ventaja. Esa visibilidad le ha facilitado las ventas y le ha permitido sostener su negocio incluso en tiempos difíciles. Sin embargo, nada ha sido fácil: Fabián recuerda con claridad las ocasiones en las que entregaba toda su producción a un solo cliente y quedaba prácticamente en cero, con la sensación de haber perdido todo. Pero su resiliencia ha sido su mayor fortaleza: cada vez que caía, volvía a sembrar con más determinación, hasta llenar nuevamente su vivero de vida.
Su rutina es exigente: empieza temprano preparando la tierra, sembrando, cuidando y organizando cada cultivo. “En este negocio no hay horario ni fecha, hay que estar activo siempre”, afirma con convicción. Y lo cumple día tras día, porque entiende que la naturaleza no espera.
Gracias a este esfuerzo, Fabián ha podido dar estabilidad a su familia: ha pagado la educación de sus dos hijos, levantar su casa y reinvertir constantemente en la producción. Su relación con la institución financiera inició en 2016, con un pequeño préstamo de RD$2,500. Desde entonces, ha realizado 9 operaciones crediticias, siendo la más reciente de RD$30,000, con las que ha fortalecido su vivero y ampliado su producción.